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¿Cómo entender a Vizcarra?

Por Umberto Jara



Se vacunó y pidió que se vacune a su esposa, significa que tuvo plena conciencia de que su vida estaba en peligro. Tuvo, además, acceso a información privilegiada, pues, sabía cuál era el nivel real de mortandad en el Perú, cuánto oxígeno faltaba y cuántas camas UCI no existían. Significa que cuando pidió ser vacunado, buscó protección para su vida. El Covid-19 es un tema directamente vinculado a la posibilidad de morir. No hace falta decirlo pero algún tonto que aún lo defiende quizá necesite la acotación. ¿Cómo se explica que conociendo el riesgo de muerte, no haya suscrito ningún contrato para adquirir vacunas destinadas a proteger la vida de millones de peruanos?

¿Cómo se explica un acto de tamaña perversidad? La respuesta no está en la política. Está en un ámbito que todavía no se toma en cuenta: la salud mental de los políticos. No faltará quien rechace esta afirmación. Como vivimos en sociedades donde existe un marcado desdén por la salud mental se cree que son asuntos vinculados exclusivamente a la locura y al manicomio. No es así.


Existen distintos autores que trabajan el tema dada la presencia cada vez más protagónica de personajes —Donald Trump, por ejemplo— que muestran claras evidencias clínicas sobre un rasgo que la psiquiatría llama psicopatía. Kevin Dutton, doctor en psicología y actual investigador en la Universidad de Oxford, tiene un libro de título sugerente “La sabiduría de los psicópatas” —lo pueden hallar en las librerías de Lima—. Señala que psicópata “no es sinónimo de asesino en serie, ni siquiera de delincuente”. Según la definición de Hervey Cleckley, autor de un libro clásico en la materia, “La máscara de la cordura”, un psicópata es “un sujeto insensible, asocial, encantador, algunas veces impulsivo o violento; el más peligroso de los criminales, el más depredador de los políticos y el negociador con menos escrúpulos”.


A su vez, , Robert D. Hare, renombrado investigador en psicología criminal de la universidad de Columbia, sostiene que “aunque muchos políticos son mentirosos a secas sin ser forzosamente psicópatas, la política es un medio fantástico para que se desarrollen los psicópatas, el mejor ambiente, el ideal”. En síntesis, el poder político atrae al psicópata.


Utilizo referencias académicas para evitar se piense que estoy usando el término psicópata como un agravio o una descalificación. Hace un tiempo, en mi afán de explicarme las razones de la destrucción del Perú a cargo de los políticos, he tratado de indagar en el tema. Martín Vizcarra Cornejo es un nítido caso de un psicópata dedicado al oficio de la política.


Exhibe las características típicas de la psicopatía. Una de ellas es la mentira patológica. Un arma del psicópata es el uso desproporcionado de la mentira porque así logran confundir al auditorio. Los oyentes no pueden creer que alguien sea capaz de mentir tanto, en consecuencia, terminan creyéndole. La mejor muestra estuvo en las diarias conferencias de prensa en la primera cuarentena. El Perú fue el país con la más extensa cuarentena en el planeta. Vizcarra recluyó a millones de ciudadanos y les hizo sentir que era el gran padre que estaba protegiendo a todos. Recuerden que, en las redes sociales, hubo quienes lo dibujaban como Superman o como Jesucristo. Esa etapa fue la de un cuadro clínico psicopático. Realizaba esas exhibiciones y en privado se reunía con Richard Swing o bebía en Palacio el vino marca “El enemigo” en la íntima compañía de Mirian Morales.


Otra característica esencial del psicópata es la ausencia de empatía. Carece de compasión, de sentimientos, no le interesa el prójimo. Se fija sólo en sus intereses. Eso explica que se haya vacunado y no le haya interesado comprar vacunas. Acaso habrá pensado que la pandemia extendería su poder mucho tiempo más.


Tampoco fue casual el nombramiento como ministro de Salud de Víctor Zamora Mesía, otro personaje de notorios rasgos sicopáticos que, sin ninguna piedad, se negó a que los médicos desfallecientes de Iquitos sean trasladados en un avión a Lima para salvar sus vidas. Fue otro que mintió reiteradamente, se negó a convocar a los especialistas, rechazó el apoyo del sector privado y muchas cosas más. Stalin, uno de los clásicos psicópatas en el poder, sostenía que diez muertos son un problema, un millón apenas una estadística. Vizcarra y Zamora sumaron decenas de miles y nos hablaban de estadísticas y curvas, no ejecutaron la solución de las vacunas.


¿Qué hacer con la impunidad que hoy tiene Martín Vizcarra? A él no lo frena ni afecta el descubrimiento de sus fechorías —ayer se calificó de valiente—. Todo psicópata padece del delirio de impunidad. Solo hay una manera de actuar frente a él: aplicar la ley por los delitos cometidos.


Estamos ante dos escenarios. Frente al tema específico de la vacuna, alguna fiscalía debería actuar de oficio. Cuando un ciudadano comete algún desliz tiene encima a un fiscal con una orden de allanamiento y luego una orden de prisión preventiva pero esta vez ¿por qué tanta calma? ¿por qué no citan al Dr. Málaga para que deje de escudarse en la falsa confidencialidad? ¿por qué no exigen al hospital Cayetano Heredia la entrega de la lista de los vacunados VIP?


Existe otra opción. ¿Se acuerdan de los fiscales mediáticos Rafael Vela Barba y Germán Juárez Atoche, hoy tan silenciosos? ¿Se acuerdan que Vela le confió a la periodista Patricia del Río que Vizcarra iría preso por las pruebas que ya existían? ¿Dónde están? ¿Por qué no actúan? ¿Vizcarra los favoreció con vacunas y se sienten comprometidos?


Lo concreto es que Martín Vizcarra se vacunó clandestinamente, no compró las vacunas necesarias para millones de peruanos y ha sido un agente que contribuyó a la muerte de miles de peruanos. ¿Va a seguir impune?

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